Barcelona, ¿ahogada por la afluencia masiva de turistas?

Millones de visitantes extranjeros contribuyen al auge económico de la capital catalana. Pero las desventajas del turismo en masa, impulsado por los vuelos baratos y los sitios web de alojamiento de bajo coste, han ido aumentando el descontento de la población local.

Tras haberse recuperado no hace mucho de su crisis financiera y al situarse en el segundo puesto en lo que respecta a desempleo en Europa después de Grecia, cabría suponer que la población local acepta de forma unánime el floreciente turismo que llega a Barcelona. Pero la realidad es muy distinta.

En Cataluña está aumentando un sentimiento generalizado antiturismo y los lugareños consideran que la llegada de más de 30 millones de visitantes al año baja el nivel de vida, incrementa los precios del alquiler y satura los espacios públicos, entre otras molestias.

Aun así, el turismo sigue representando una parte importante de su economía y crea muchos puestos de trabajo. Entonces, ¿la población local es especialmente quisquillosa o es cierto que el turismo está trayendo consecuencias negativas?

A diferencia de los casos más recientes, los Juegos Olímpicos de 1992 fueron muy beneficiosos para la ciudad, ya que se establecieron en la región noreste de España empresas internacionales, lo que se tradujo en más de 20 000 puestos de trabajo y en unas infraestructuras mejoradas. También supuso la creación de la playa de la Barceloneta, la más visitada por los turistas en la actualidad.

No es una exageración afirmar que el impacto de los Juegos fue transformador. En el año 2000, los extranjeros eran menos del 2 por ciento de la población. La cifra oficial actual se sitúa en el 18 por ciento, si bien según Lola López, comisionada de Inmigración, Interculturalidad y Diversidad de la ciudad de Barcelona, la cifra real se acercaría al 30 por ciento.

Sin embargo, Barcelona rara vez ha mostrado su desacuerdo con la acogida de refugiados. De hecho, en 2017 decenas de miles de personas salieron a las calles para exigir al Gobierno español que cumpliera su promesa de aceptar a más refugiados. En cambio, el turismo recibe actualmente una respuesta muy distinta.

Lo que comenzó como una llegada bien acogida, ahora es una gran preocupación para muchos residentes. En 1990, la ciudad de Barcelona recibió a 1,7 millones de turistas, mientras que, en 2017, la cifra ascendió a 32 millones, casi 20 veces la población local. Se trata de la ciudad que no es capital más visitada en Europa, solo superada por Londres, París y Roma en número de turistas al año.

El impacto más evidente del turismo se observa en La Rambla, la calle más famosa de la ciudad. Lo que antes era un entorno elegante, con su famoso mercado de La Boquería y el teatro de la ópera del Liceu, donde se veía a los aficionados al teatro bien vestidos, ahora se ha convertido en un parque temático para turistas, repleto de puestos en los que venden souvenirs baratos, caricaturas, prendas de imitación y lleno de traficantes de drogas y prostitutas por la noche.

Resulta prácticamente imposible caminar por este tramo de 1,2 kilómetros entre abril y septiembre por el gran número de visitantes. Esta saturación se observa también en las principales atracciones de la ciudad, como el Parque Güel y la Sagrada Familia de Gaudí.

Los vuelos baratos y el alojamiento de bajo coste han impulsado en gran medida esta afluencia turística. El precio medio de los vuelos de aerolíneas “low-cost” como Ryanair era de 40 € en 2017 y esto ha transformado la industria, al igual que lo ha hecho Airbnb en el sector hotelero.

Según The Telegraph , en Barcelona hay 75 000 camas de hotel y 50 000 camas en propiedades de alquiler turístico legal de particulares y reservadas a través de sitios web como Airbnb. Sin embargo, también hay 50 000 camas ilegales en propiedades sin permiso para uso turístico.

Barcelona fue la primera ciudad en imponer multas a Airbnb y HomeAway el año pasado, que ascendían a 600 000 € en cada caso, por ofrecer alojamientos sin licencia (3812 propiedades en Airbnb y 1744 en HomeAway).

Sin embargo, no todo el mundo parece estar de acuerdo. Es el caso de Manel Casals, director general de la asociación de hoteleros en Barcelona, que declaró lo siguiente a The Guardian: “De los 32 millones de personas que visitaron Barcelona el año pasado, solo 8 millones se alojaron en hoteles. 23 millones fueron visitantes de un solo día que gastaron poco dinero en la ciudad. No se puede regular el turismo limitando el número de camas”.

La inmensa mayoría de esos visitantes de un día llegan al puerto de Barcelona, que puede recibir hasta siete grandes barcos de crucero a diario y de los que desembarcan 30 000 turistas.

La otra cara de este debate es la prosperidad que acarrea este turismo y es un aspecto que no puede pasarse por alto. La realidad es que el turismo representa el 12 por ciento del PIB de Cataluña y genera 100 000 empleos en la ciudad de Barcelona.

Con el turismo masivo, la ciudad gana alrededor de 25 millones de euros al día , un cifra que no provoca demasiadas quejas en el Gobierno local y entre las personas que trabajan en el sector.

Dejando a un lado algunas de las palabras retóricas que rechaza el movimiento antiturismo, la afluencia masiva de turistas genera problemas claros y obvios, desde calles abarrotadas hasta el aumento del precio del alquiler, por lo que no estamos ante una simple cuestión ideológica.

Es evidente que empresas como Ryanair y Airbnb contribuyen al problema en general, pero, gracias a estas compañías, los viajes, en lugar de ser algo exclusivo para los más pudientes, son asequibles para personas que no se pueden permitir alojarse en un hotel y pagar un alto precio por los vuelos.

Además, la resplandeciente identidad de la Barcelona moderna se ha formado en gran medida por los que la han visitado como turistas y han divulgado sus experiencias, lo que ha contribuido a crear la fama global de la que goza esta ciudad.

La solución se encuentra en algún punto intermedio. El Gobierno catalán debe buscar modos de aliviar la carga que soportan los ciudadanos, al mismo tiempo que se mantiene una gran afluencia turística que sea sobre todo de alto nivel. De igual modo, a medida que crece el movimiento antiturismo y puesto que su actitud se vuelve más dura, debe ser más cauteloso, dada la cantidad de vidas a las que afecta el turismo en Barcelona.

Se trata de un asunto delicado, con varias facetas y puntos de vista válidos en cada lado. Ya que no hay indicios de que el número de visitantes vaya a descender y, como consecuencia de ello, el sentimiento antiturismo no hará sino crecer, es muy importante que se elaboren y apliquen rápido soluciones prácticas que beneficien a todas las partes.

16 enero 2019

Autor/es:

Andreas Vou

Fuente/s:

VoxEurop

Translation by:

Sara Fernández | VoxEurop

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